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¿Y si Orfeo hubiese tenido una segunda oportunidad?

“Al morir su amada, tocó las canciones más tristes, haciendo llorar a ninfas y dioses. Éstos le convencieron para que bajara al inframundo a rescatar a Eurídice, ablandando con su música a Hades y Perséfone. Los reyes de los infiernos le pusieron una sola condición: no volverse a mirarla hasta que Eurídice no hubiera sido completamente bañada por los rayos del sol. Fue débil y la perdió”.

Los griegos eran muy inteligentes, con sus mitos enseñaban a los más pequeños los valores que, en ese momento, debían mostrar como hombres y mujeres de bien. En este caso era la fortaleza, la obediencia a los dioses y, por qué no, la confianza.

Orfeo, por amor, y justo en el último momento, justo antes de tener a su amor con él de nuevo, no confió, perdiéndola con ello para siempre.

A pesar de la antigüedad del relato, la realidad es que ocurre muy a menudo: nos equivocamos, metemos la pata y perdemos, es un hecho. Sin embargo, ¿aprendemos?

Después de equivocarnos, queriendo o sin querer, admitiendo nuestro error o no, siempre siempre siempre pedimos otra oportunidad pero ¿la aprovecharíamos? ¿O seríamos capaces de meter la pata otra vez? Es decir, casi siempre que nos equivocamos, sabemos que no lo estamos haciendo bien, y aun así seguimos (y a quien no le haya pasado alguna vez que levante la mano), como Orfeo.


Supongo que, si la respuesta fuese sencilla, estas cosas no ocurrirían tan a menudo, igual ni siquiera Orfeo habría perdido a Eurídice una segunda vez, simplemente confiaríamos, afrontaríamos ciertos riesgos hasta sus últimas consecuencias, aunque eso supusiera tener de frente nuestro mayor miedo, ese que, en la realidad, nos hace mirar a lo prohibido y, al final, perder.

NO Podemos

Esto debería ser la entrada de los Emmys y lo horteras que son los famosos y demás, pero he estado más liada de la cuenta y aún la sigo preparando, llegará.

Lejos de ser la entrada dicha anteriormente, es una entrada con rabia, con indignación, porque estoy harta y cansada de que digan que los jóvenes somos unos conformistas, que nos acomodamos y que no luchamos por nada. Que somos la generación NI-Ni.

Os pongo en situación:

Ayer, una conversación de un grupo que estaba tomando café,( puede sonaros porque seguro que más de uno la habréis oído a mucha gente, en su mayoría personas de una cierta edad), se puso a hablar de la barriga de una de ellas, que está de cinco meses e intentaban alentar a otra, (29 años) de que ella debía ser la próxima y que no tardase mucho porque la embarazada con 30 tuvo a su primera hija y otra por el estilo y que no podía esperar.
La chica, vive con sus padres aún y aunque tiene pareja, de momento viven casi juntos, pero no del todo, no comparten gastos, ni se enfrentan a verdaderos problemas de convivencia. Ésta decía que aún no, que ni siquiera vive fuera de su casa, que no podía.
A todo esto llegó un señor de 59 años que venía a decir que él llevaba trabajando desde no sé cuando y que con 24 se casó y con 25 estaba trabajando y que ahora no queremos irnos, que estamos muy a gusto en casa, y somos muy cómodos.

Las dos que rondan los 40 decían que eso no era del todo cierto, que sí es verdad que somos cómodos y que hacemos poco, pero que ellas por ejemplo antes de terminar la carrera ya tenían trabajo, y que ahora es más difícil, pero que que lo queremos todo.

La pobre a la que querían hacer madre, decía que ella no ha empezado a cobrar un sueldo decente hasta este año, y que antes estaba pagando un coche con un sueldo pobre, que no le daba para mucho más.

Pues bien, al señor de 59, a las de 40 y a todo el que vaya a hablar antes de saber, le sugiero que se meta un puño en la boca y se lo muerda mientras.

Yo terminé la carrera haciendo trabajos de azafata, de modelo de peluquería, dando clases de inglés y cuidando niños para sacarme algo de dinero y no pedir, o pedir poco a mis padres; tuve suerte y al mes de acabar la carrera estuve trabajando de monitora en un colegio cobrando poquísimo, y dejé de pedirle absolutamente dinero a mis padres, que ya bastante me pagan la casa y la comida.
Al año siguiente encontré por mis propios medios un trabajo "de verdad" en el que cobro una mierda igualmente y trabajo 40 horas semanales cada vez adquiriendo más responsabilidad y teniendo más volumen de trabajo. Me pago la academia de inglés y todo excepto la casa y la comida.

Y puedo asegurar que con lo que yo cobro, o me voy a un piso compartido, cosa, que verdaderamente no me apetece llegada a una edad, porque no tengo ganas de tener que aguantar gente que para eso vivo con seis personas, o no puedo irme sola, ni con mi pareja que está pagando un coche, y el sueldo de los dos para un piso medio decente, facturas, gasolina, comer y algún imprevisto no nos llegaría, y en caso de hacerlo estaríamos frustrados porque estaríamos muy limitados para todo. Esclavizados en los trabajos para vivir.

Me disculpen los que crean que pedimos mucho, solo pedimos un salario decente, que nos dé igual que les ha dado a ustedes para tener una vida digna, poder formar una familia y poder plantearnos eso de la independencia, que en mi caso, puedo asegurar que la necesito.
No quiero estar en mi cas hasta los 30,  ni mucho menos, pero mientras, sigo trabajando y ahorrando, para el día que crea que puedo dar el paso no tenga que volverme a los dos meses y que tal y como está el panorama laboral, pueda hacer frente si el día de mañana, me echan del trabajo.

Creo, que no es una locura, sino sentido común, que nos ha tocado una etapa cómoda y de avances en cierta medida, pero por otro lado, complicada, mucho y eso, es lo que no terminan de ver muchos de los que nos dicen ésas cosas.

Y hablo en primera persona, pero podría hablar en muchas, por ejemplo las que escriben en este blog, o la mayoría de las que me rodean. Y sí, vagos hay en todos sitios, pero no generalicemos.

Siento haberme alargado, pero es que me llevaban los demonios.

Con cariño especial, al señor de 59 que cobra unos... 3000 euros muy tranquilamente al mes.



Los 40 Principales

Es curioso cómo las nuevas tecnologías dejan a la gente atrás por nosotros. Me explico: hablas, hablas y hablas con alguien, y de repente el silencio. Ese silencio, que en la era pre-whatsapp pasaba desapercibido en la naturalidad de dejar de ver a ese alguien, ahora queda materializado en una lista de contactos viva, que se mueve, enseñándote la distancia marcada con cada persona de una manera física. Caemos -o caen- como las canciones de los 40 Principales.

Tenemos un Top Ten de la gente con la que nos relacionamos, a veces se cuela algún intruso, pero normalmente el Top Ten se mantiene. Por lo general, ese intruso, invitado, huésped o joven promesa –eso ya dependerá del tipo de contacto- puede llegar a cambiar hasta los emoticonos favoritos, dejando al descubierto qué tipo de intruso es, exponiendo a cualquier curioso con acceso a tu móvil tu vida privada.

Pero todo vuelve a la normalidad, como esas listas musicales. Al final permanecen los clásicos, los de siempre, y las novedades quedarán como aquella canción que dio el pelotazo aquel verano tan genial como lejano y de la que solo recordamos el estribillo.