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Qué de qué

- Pato, ummm... eso me recuerda a un poema muy raro que... mmm vaya, eh.... bueno, que hacía un símil entre un pato y el insomnio. Sabe... últimamente le he declarado la guerra a los "que" en mis poemas. Y no se lo va a creer, pero no sólo es difícil esquivarlos, sino que (mierda) pocos lo hacen. No quiero decir con esto que (mierda) un poema sea mejor o peor por incluir esta palabra. Estoy de acuerdo en que (mierda) es una palabra necesaria para introducir ciertas ideas o situaciones en un contexto o frase, pero es una palabra que (mierda) me parece tremendamente fea. Tanto estética como fonéticamente, eh. Diría que (mierda) es por la inutilidad de la Q sin la U, pero pasa igual con la G ante las letras I y E y, sin embargo, los sonidos "gue" "gui" me parecen maravillosos. Así que (mierda) no, el problema no es ese. No es culpa de esa U intermediadora, ni tampoco de la Q, ya que (mierda) me encanta el Queso, aprobé Química con buena nota en mis estudios, y una vez tuve un sueño erótico con una Quiromasajista. Y la quiromasajista estaba para mojar pan, créame. Así que (mierda) no puede ser problema de esas dos letras. Tampoco de la E, bonita vocal que (mierda) pronunciamos casi como una A allí donde yo nací. Y la A es otra letra muy bonita. Cómo si no iba a ser la primera letra de nuestro abecedario. El problema es la palabra en sí, que (mierda) es fea de cojones y suena a interjección chulesca y vacilona. Y, por supuesto, una vez escrita la primera vez en el texto, es prácticamente imposible no incluirla en próximas frases. Y dígame usted si no es feo un poema lleno de "que" por doquier. Yo he llegado a ver en redes sociales textos de escritores de medio pelo y pelo entero que (mierda) llevaban un "que" en cada verso. Por poco me saco los ojos, oiga. Que (mierda) parece que (mierda) es una palabra que (mierda) aparece poco, pero eso es porque no te fijas en ella. Verás que (mierda) ahora vas a verla resaltada en cada texto que (mierda) leas. Así como en negrita, cursiva, subrayada y con dos neones rosa fucsia titilando en sus esquinas. Ya nunca pasará desapercibida para usted, ya verá. Es más, si escribe usted poemas también, verá que (mierda) modificará los versos y tiempos verbales cada dos por tres o incluso hasta la pasividad o actividad del sujeto, para no tener que (mierda) incluir esta feísima palabra en ellos. Si no, ya me contará, ya...
- Ehm... bueno... vale... ¿pero para comer va a tomar merluza a la marinera o pato confitado?
- ¿Qué?

Y tú, ¿no piensas asentar la cabeza?

No son tantas veces las que me lo han preguntado, para qué os voy a mentir, pero sí que ha habido alguna. Y eso es suficiente para hacerme pensar. 

- A ver, ¿cuántos años tienes, Daniel? 27 ya, ¡uff, casi nada chaval! Con esa edad tu madre tenía ya a dos cabezones dándose cabezazos por los pasillos (así hemos quedado, ¿verdad, Isra?); y tú, ahí, que lo más importante que te has planteado en tu vida últimamente ha sido dejarte crecer esa mierdibarba de tres centímetros durante dos meses, y sólo porque no encuentras la maquinilla que sueles usar para recortártela (la barba, claro).

En serio, Daniel, ¿no tienes proyección de futuro alguna? No, no me vengas con que sí, que te gustaría vivir solo y ser independiente y bla bla bla, que de megustaríaques y ojaláques están llenos los sueños y no por ello abandonan la dimensión onírica. Te pregunto por algo más serio, por un futuro en un sitio en particular, con una dedicación en particular, y unas personas de las que rodearte en particular. Te hablo de formar un hogar. Tú solo o tú acompañado, pero que sea un hogar, no una casa en la que vivir y ser independiente. Te hablo de dejarte de ilusiones sobre hacer cerveza y poesía y ser ingeniero y hacer deporte y saber algo sobre arte y algo sobre historia y algo sobre política y algo sobre cualquier algo que se te haya metido entre ceja y ceja en ese preciso instante y centrarte en un único aspecto, dos si me apuras. Espera, déjame respirar. Céntrate en una única flor y deja de picotear por tanto jardín.

Porque de eso va la vida, ¿no? De no intentar ser un hombre del renacimiento y quedarte a medias, para poder dedicarte exclusivamente a algo por y para siempre y ser bueno en ello (que no el mejor, tampoco te pases). Debes saber que la cosa va saber de una única cosa para poder tener el orgullo de decir "Oye, que solo sé sobre esto, pero sé mucho, ¿eh?".

Olvídate de tus sueños nacidos de la depresión post-erasmus en los que te dedicabas a trabajar unos dos años, tres máxime, en una ciudad para migrar a otra, en otro país incluso, y enamorarte de esa ciudad, de sus costumbres y personas, de sus callejones y callejuelas, hasta que el hastío aparecía y empezabas a odiar sus manías que ya no serían costumbres sino maníaticos tics que te desquiciaban y entonces te mudabas a un nuevo lugar, con un nuevo trabajo y un nuevo ambiente del que enamorarte, y así otra vez, y así vuelta a empezar.

Olvídate de tus viajecitos al extranjero, pongamos dos veces por año, y de tus escapadas fin de semana sí y fin de semana también. Olvídate de hacer lo que te dé la real gana y empieza a pensar un poco en los demás, so egoísta, habráse visto, disfrutar de tu vida como si fuera propia y no pensando en que los demás hayan decidido no hacerlo como tú.

Déjate ya de adolescencias y madura, ¡leñe! Toma un camino, una decisión, un destino. Empieza a parecer adulto, que vaya vergüenza que te pidiesen el carnet de identidad hace dos semanas para comprobar que tenías más de veinte años. Es hora de que crezcas -no físicamente, lo siento, eso ya es imposible para ti- y te empieces a comportar como un hombre hecho y derecho, como una persona de la que poder decir "míralo, ha llegado hasta ahí con su esfuerzo y sufrimiento. Sí, bueno, quizás no haya llegado a mucho pero oye, ha sufrido para llegar ahí y sólo por eso se debe sentir satisfecho, se puede dar con un canto en los dientes, vamos". Es hora, en definitiva, de ser lo que la sociedad espera que seas para no sentirse menos sociedad.

Bueno qué, chaval, ¿se te ha ocurrido ya alguna forma de asentar la cabeza?

- Pues mira, asentarla no sé, pero un dolorcito de cabeza sí que me ha dado, así que me voy al bar a por unas cervezas. Ya si eso cuando vuelva te digo algo. Si eso. SIESO.

¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?

No contestéis. No aún. Antes me gustaría divagar un poco.

Veréis, siempre he pensado que nunca nos tomamos en serio esa pregunta. Como casi todo en la vida, para qué negarlo. Pero no nos desviemos tan pronto, sigamos con la pregunta en cuestión. Cuando nos la hacen, noto que salta un resorte en nuestra mente con el cartel "No te preocupes, nunca vas a acabar en una isla desierta, di cualquier gilipollez graciosa para ligarte al espécimen que tienes en frente". Y vuela la imaginación: que si un pack de cervezas bien frías, que si una caja de condones "por si acaso, jejeje", que si a Belén Esteban para practicar el canibalismo y así asegurarme unos meses de existencia... bueno, mirándolo en perspectiva, de las tres, la última de ellas es la idea menos descabellada. Sí, que habría que solucionar un par de aspectos sobre la conservación de su carne. ¿Cómo, el dilema moral de matar a una persona para tu propio beneficio? No nos pongamos así, anda, que es Belén Esteban.

A lo que iba. De ser un estudio realmente sociológico y/u/o psicológico, todos catearíamos a la primera (si es que un "examen" de esta índole se pudiese suspender). Bueno sí, se supone que este tipo de cuestiones son estudios para medir ciertos aspectos de nuestra sociedad y nuestro comportamiento, y para ver lo ingeniosos que son en el sur en comparación a los del norte; pero a mí nunca me lo han planteado como tal, sino como una pregunta para romper el hielo antes de darme mi primer cate en el colegio, o aquella vez, por ejemplo, que me quedé dormido en las prácticas de electrometría de la universidad y el profesor de monótona voz me avasalló a preguntas sobre hipotéticos casos en los que me veía abandonado y solitario, y en los que, extrañamente, en ninguno de ellos me era útil la electrometría.

Si desde un primer momento me hubieran hecho esta pregunta con el más mínimo atisbo de conocer mis inquietudes, mis fantasías, mis pensamientos sobre la vacua existencia que nos rodea, o si querían saber si soy más de montaña o de playa, pues les habría contestado que de playa. Y respecto a los tres objetos, no sé: una navaja, para cortar cosas. Cortar cosas mola. Y los otros dos... una libreta y algo para anotar. Sí, no estaría mal, total, en algún momento el desasosiego de la soledad y el instinto de supervivencia se harán a un lado para dejar paso a la necesidad de hacerme una paja. Si dibujo unas tetas será más fácil.

Y vosotros, ¿qué os llevaríais a una isla desierta?

Cosas de la vida (I)

Veréis, antes de creerme poeta y escribir nada más que no me jodas al amor, solía escribir pamplinas varias e intentos de risa en mi blog personal. Tenía un par de etiquetas con las que clasificarlas, estaban las Cosas de la Vida, y Grandes inventos de la historia. Sí, esta puede ser la primera vez que se utiliza la expresión "un par" para referirse a dos y no a una cantidad superior de algo, pero juro que ha sido sin querer. Bueno, que aquí va una de Cosas de la vida:

Pues bueno, como pájaro que pía, pero no dice pío (¿pronuncian los pájaros la P?), escuché a una vaca el otro día por la calle mugir sin decir ni mú.
Bueno, algo sí que dijo. Venía a decir la susodicha que hay que ver la juventud de hoy en día, que no piensan más que en el folleteo que te veo, que tralarí tralará, que por delante y por detrás. Estos niños de hoy en día, que sólo levantan la vista de la pantallita para verle el culo a las niñas de hoy en día, que están más salías que el pico de una plancha, y ¿dónde vas con esas tetas niña? que parece que estás en posición supina con las rodillas en la barbilla.

Como chico bien educado que soy, no me quedó otra que meterme en la conversación ajena. Señora, no me sea usted derrotista, que las familias de 5 a 9 hijos eran las de su generación, no de la nuestra.

Y giróse la mujer de canosos cabellos y papada prominente, con aire de como me digas algo más te doy un pescozón (porque los pescozones los dan las viejas, las de antes, ahora eso ya ni existe) con todo el anillo de punta escarlata mirando para la palma de la mano que te vas a estar rascando tres generaciones y media. Cuando vio la cara de tonto que tengo le di pena, y sonriendo como la abuela que te da un billete de 5 € por debajo de la cadera, y por detrás, cual magnate traficante de metanfetamina, para que tu madre no se entere, me dijo así: Bueno, ¿...y qué? Antes no teníamos televisión. Algo habría que hacer, ¿digono?

Y nada,  me tuve que reir sin que ella se diera mucha cuenta. Cosas de la viuda.

Beer or not to be. There isn't any question.

Las mieles del deseo tienen un nombre
y tienen un color, que casualidades
de los ingredientes, es ambarino
como la miel.

Las mieles del deseo te dejan
marca en los labios, en el
bigote, y un amargo sabor
al tragar.

Las mieles del deseo me desean,
sí que lo hacen, no podría yo
profesarles este deseo que adentro llevo
si el sentimiento no fuera recíproco.

Las mieles del deseo se sirven frías,
unas más que otras, y a ser posible
en vaso de cristal.

Pero sobretodo, las mieles del deseo,
tanto esta que describo, como otras,
son mucho mejor en compañía.

Chiclanan Horror Story

Los estertores de la nocturnidad proclamaban la llegada de un nuevo mes al calendario. 31 de julio de 2014, 23:59 horas de la noche. En un no tan apartado patinillo de una bonita pero repleta de escalofriantes secretos urbanización en la zona costera de Chiclana, se reúnen un dispar grupo de jóvenes entre los que no me incluyo, y un viejo, yo, provenientes de diferentes puntos de la península ibérica, contando con un total de 10 componentes a dividir a partes iguales entre hembras y varones. Si nos organizamos bien follamos todos, pensé yo, pero el cobrizo reflejo que descendía de las nubes sobre nuestras cabezas tenía otros planes para nosotros.

La noche se presentaba de un rojizo burdeos que sólo las féminas presentes en la reunión lograban calificar como tal, y que los más hombríos de nuestra humilde congregación definían como: "iyouu, ¡no está feo el cielo ompare!". Los temas de conversación debatidos en la mesa recorrían el amplio abanico que va desde la visión de fantasmas en el pasillo de casa por un asustado niño de 10 años, hasta la visión de una sóla persona en el mismo pasillo de la misma casa por el mismo niño que ya no estaba asustado porque ya no tenía 10 años y que por ello miraba al fantasma diciendo bah, qué pesao eres blancucho de mierda. Bueno, quizás los temas de conversación no eran demasiado variados, pero qué otra cosa podíamos hacer estando frente a una vela ahuyenta-mosquitos que se debía haber quedado sin pilas presidiendo la mesa junto a una cruz de romero verdadera fabricada por el abuelo del niño que veía fantasmas en el mismo pasillo de su casa sin darse cuenta que en realidad estaba mirando por la ventana trasera de su habitación que da al callejón de entrada al Centro de Rehabilitación Lindsay Lohandejado Oloestánintentado. Si os soy sincero, yo tampoco soy capaz de leer esta parrafada de un tirón sin asfixiarme. Al igual que tampoco fui capaz de entender en toda la noche el significado de "cruz de romero verdadera" ¿Acaso las hay de mentira? ¿Deben tener las cruces de romero unas dimensiones y proporciones exactas para ser de verdad? Porque de ser así debe ser bastante complicada la fabricación de dichas cruces de romero verdaderas, ya que ninguna de sus cuatro partes eran simétricas. 

Los minutos corrían despavoridos como jóvenes titulados en busca de un futuro fuera de España. Se acercaba la hora de la verdad, en la que poner a prueba los nervios de acero de nuestra estructura molecular. Más nerviosos que Pepa Pig en el día de San Martín, nuestros aventureros amigos miraban sin parar el reloj a la espera de la llegada del undécimo en discordia, el que le diera sentido al adjetivo calificativo que he usado al principio para describir el grupo: dispar. El cada vez más colorado cielo nos invitó a abandonar nuestra terrorífica desventura con un par de gotas insignificantes. Creo que esa noche el cielo estaba puesto a dedo por Fátima Báñez, ya que sus medidas de creación de miedo eran similares a las de creación de empleo de nuestra afrankensteinada ministra.

Mientras los minutos pasaban y pasaban, nuestra compañera babosa Soraya nos deleitó con las inverosímiles historias de Iome Kanont Uscastas, la niña medio francesa medio congoleña del sur que habitaba en el pozo de su sótano. Sí, inverosímiles ¿cómo me las voy a creer Soraya? ¿quién coño tiene un pozo en un sótano en el que vive una niña que lleva como nombre un chiste malo de Yo me cago en tus castas?

En esto que se empiezan a escuchar ruidos dentro de la casa. Un incesante tintineo de llaves, un no parar de pasos de pies pequeños pero musculosos, un caudaloso chorro de algún líquido de alta fluidez cayendo interminable sobre lo que parecía ser un depósito de heces humanas.
De repente todo quedó en silencio, un cuerpo se movió en la oscuridad dejando entreabierta la puerta del baño, permitiéndonos vislumbrar las femeninas formas de la sombra proyectada por la luz proveniente del ojo de buey que coronaba la ducha. Finalmente el cuerpo hizo acto de presencia: era Nuria, había ido a mear.

Tras el primer susto de la noche aumentaron las ansias de los cuerpos carnosos por la espera del úndecimo en discordia. Una de las compañeras sacó una bolsa de pipas de girasol tostadas y aderezadas con más sal que el culo de un bebé tras cuatro horas de playa. La chasqueante rutina del coger una pipa, morderla y sacar el grano con la puntita de la lengua pareció tranquilizarnos pese a todo. El cielo, tras su parón de hora y media para el desayuno (¿veis como era funcionario?), intentó de nuevo hacer como que nos mandaba a casita para que tita Fati no se mosqueara. Estas nuevas gotas no venían solas. Su leve caer húmedo los sorprendió con la llegada de Carlos, el esperado, y su gran alteración etílica. De nuevo el cielo volvió a fallar en su labor.

Una vez todos reunidos, la tensión existente disminuyó hasta los límites del aburrimiento de tal forma que, con el correspondiente decrecimiento en la respiración de nuestros protagonistas, provocó un cambio en la presión que soportaba la disfuncional vela anti-mosquitos, haciendo que ésta se apagase ipso facto. Los efectos de este inquietante suceso podrían haber sido descritos por Stephen King a la perfección, elucubrando sobre todas y cada una de las caras de espanto y terror dibujadas en cada uno de los allí presentes mientras el humo de la vela ascendía humeante, que para eso es humo, hasta diluirse en el cargado aire del crepúsculo. Pero no, lo he escrito yo, y no me negaréis que ha quedado bien.

Puesto que la esperanza es lo último que se pierde, y el nuevamente acojonado grupo de amigos aún creía en la eficacia de la vela para quitarles de encima a los molestos mosquitos, volvieron a encender la vela, y cuál fue su sorpresa cuando vieron atravesar de lado a lado de la casa una misteriosa sombra misteriosa. Sí, era misteriosamente misteriosa. Se deslizaba cual sábana al viento sobre el suelo, los pasos de la sombra por las salas contiguas al salón eran inaudibles, pero no así lo eran los metálicos sonidos que nos avisaban de su aparición. O la caída de objetos al suelo tras un tenso silencio. O el fluir de grifos abiertos simultaneamente. Sólo faltaba oír el intermitente botar de una pelota o canica por las escaleras y más de uno habría tenido que tirar su ropa interior a la basura.

Nuestros valientes cagaosdemierda feos amigos no parecían salir de su asombro. El cielo permanecía del mismo color, imperturbable, nublado como él solo. La noche había devorado todo ruido proveniente de cualquier lugar ajeno a la casa (exceptuando los bostezos del sobrino ministerial de rojo). Mientras tanto, la sombra seguía jugando con la imaginación del que cree que una cruz de romero verdadera, ahumada por los vapores del pestoso producto químico de la vela, podía provocar la aparición de fantasmas en casas. Vagaba la sombra por la casa, movía llaves, tiraba objetos al suelo, jugaba al abrir y cerrar de puertas, e incluso se atrevía a reproducir una suerte de escalofriante risilla pueril, acompañada por un chirriar de pies por el suelo. Sí, los pies chirrían, sobretodo cuando llevas suelas de goma en las zapatillas. Iiiiiiihhh. Exacto, ése sonido, ¿jode eh?

Con más temor a la bronca de su madre que al propio fantasma en sí, el más valiente de todos se atrevió a entrar en casa. No le quedaba otra, era la suya propia, y al resto de compañeros les sudaba tres carajos que el fantasma se quedase allí esa noche o el resto de su vida muerte. Las niñas aterrorizadas no se atrevían a mirar por la ventana, los niños, borrachos perdidos, no paraban de hacer ruidos con la boca y murmurar entre susurros las típicas frases rancias tales como pásame'lporro, cogedlo ahí, é un fistro de fantasma duodená, la maté'nagosto la caló apretaba.

Sin nadie esperarlo, una frenética risotada sonó histérica desde el interior de la casa. Jorge, el aventurero dueño de la casa, había visto algo, no sabía el qué, pero no podía parar de reír cual poseso por el espíritu raggatanga. Todos le observaban perplejos, los ojos fuera de las órbitas y la boca desencajada en un gesto de descojone máximo. Volvieron a sonar llaves, a caer objetos, grifos abiertos y pasos apresurándose a la ventana. ¡Dani para ya!, gritó Carlos, el undécimo en discordia, ¿pero cómo voy a ser yo, gilipollas, si estoy escribiendo? dije yo. Cuando de repente, ¡BLAM! un palo de escoba golpea fuertemente la ventana a la que estaban todos asomados. Todos se apartaron de un salto enorme hacia atrás, las niñas presentes gritaron de terror, los niños se hicieron los duros mientras se sujetaban algo por detrás del pantalón con las manos, nuestros babosas allí presentes estaban cada uno en una punta del patio: Soraya agarrada al árbol rezándole a Iome Kanont Uscastas, Nuria meando de nuevo en el arriate más alejado del patio, y yo, Cobacho, escribiendo esto: esto.

Cayó la escoba de la ventana, y tras una risita de niño chico, empezó a surgir de debajo de la ventana lo que parecía una bragafaja color carne de la talla XS. Conforme la bragafaja subía, nuestros compañeros se alejaban más y más de la ventana, cuidadosamente, sin movimientos bruscos, no vaya a ser que una bragafaja color carne de la talla XS los viese moverse con sus inexistentes ojos y les diese un bocado con su inexistente boca. Qué le vamos a hacer, el miedo es irracional. Y mis amigos medio carajotes.

Se escuchó un golpe alejado, todos desviaron la mirada de la ventana un instante, y al volver a ella, ahí estaba la imagen, impertérrita, impermeable, impersonal. No era una bragafaja color carne de la talla XS, no. Era la rodillera que está usando nuestro amado Cobacho para su esguince leve de rodilla y, como no podía ser de otra forma, la portaba él mismo en la cabeza. Tras un primer segundo de estupefacción, le siguieron los hijodeputa, lo sabíamos, qué cabrón, sabía que eras tú desde el primer momento, pronunciados por nerviosas caras mientras se deshacían de las heces ancladas a la pernilla del pantalón.

Sí, sí, todos sabíais que era yo, pero aquí huele a caquita, chavales.

El sentido de las palabras y su caducidad en potencia.

No nos estamos dando cuenta, pero las palabras están perdiendo su significado.

Si no su significado, al menos su sentido. Ya nadie se hace responsable de ellas. O muy poca gente lo hace, por no generalizar demasiado.
La cosa es que vagan solas por doquier, abandonadas al entendimiento ajeno al que las pronuncia, despojadas de toda definición o intención que el interlocutor les haya querido imprimir.
Porque no hay persona, o, para no generalizar en exceso de nuevo, muy pocas existen, que hablen con sentido de causa. Tú dices algo queriendo dar a entender otra cosa. Y no te das cuenta que yerras en tu explicación hasta que la persona que se encuentra escuchándote frunce el cejo. "A ver, no me has entendido". No, de eso nada, prueba primero siempre a decir "Lo mismo no me he explicado bien" y ya si su cara de cincunspección persiste tras una segunda explicación, con palabras diferentes, claro está, cúlpalo a él, o ella, de no entenderte.
Después está la ausencia de toda responsabilidad por nuestra parte al hablar de algo. Habréis escuchado, supongo, eso de "soy esclavo de mis palabras y dueño de mi silencio". Y razón no falta, ni mi intención es demostrar lo contrario. Me atrevería a decir que nos arrepentimos más de lo que nos gustaría aceptar de las palabras que soltamos. Y me atrevería a decir que este arrepentimiento aparece en el momento instantáneo de soltarlas. Pero, ¿de qué sirve arrepentirnos de nuestras palabras, ser esclavos, en definitiva, de ellas, si luego no aceptamos ni cargamos con la responsabilidad que conlleva no haberlas elegido correctamente? No hay que indagar mucho para ver una infinidad de ejemplos:
Durán i Lleida: Si hubiera financiación irregular, yo debería pedir perdón y yo debería dimitir.
Mª Dolores de Cospedal: Si el PP tuviera cuentas en Suiza, ¿a que yo habría tenido que dimitir?

Y creo que podría seguir incluyendo ejemplos únicamente con la palabra dimisión. Pero no es mi intención cargar esto con citaciones. No vaya a ser que se me escape algún (Fin de la cita).

Aceptadlo, no sois, no somos, me incluyo el primero, honestos con nosotros mismos. Y por ello no podemos ser honestos con nuestras palabras para con los demás. Algunos lo llamamos (exacto, yo el primero) contradicciones, cuando en realidad son faltas a la veracidad de nuestras palabras o afirmaciones. No es que nos mintamos a nosotros mismos y, por ende, a los demás. O al menos no tiene porque ser eso. Puede ser simplemente una falta de seguridad en nuestros pensamientos que, al exigirnos nuestro alrededor siempre unas aclaraciones o sentencias firmes, hace que nos decantemos por una opción u otra sin estar del todo seguros de querer esa opción. Esto no quita las duplicidades en nuestras aseveraciones, decantándonos por negro azabache para según qué personas o situaciones, y por un blanco impoluto para otras. Mientras no descubras estas dobles vistas/miradas en una persona, todo irá sobre ruedas. Ella te mostrará la cara que quiere que veas, la que intuye te satisfará más, ocultando su cara B. El problema viene cuando descubres esa cara oculta. Ahí es cuando ocurre lo que decía al principio: las palabras pierden su significado. Al menos para ti, ya que en dicha boca no había sentido alguno al darle ese doble sentido intencionadamente. Lo primero es perder la confianza en sus palabras, en lo que esta persona dice. Y esto es lo que conlleva a la pérdida de sentido y/o significado en ellas. Te encuentras, entonces, de bruces con el religioso refrán de "A Dios rezando y con el mazo dando" y ya ni te crees el rezo ni el mazo.

Esto es una putada. Si no podemos confiar en las palabras por su falta de fuerza y seguridad en su significado implícito, usando el lenguaje como herramienta fundamental e imprescindible para todo, ¿en qué podemos confiar, pues?

Equiteta de los Óscar Mayer con Queso Fundido por dentro

¡Pero bueno! ¿Qué cojones pasa aquí? ¿Estáis todos locos? ¿Cómo se os ocurre aparecer de esta guisa? ¡¡Que esto es una cosa seria joder!!

Vamos a ver, chicos. Me parece genial, fantástico, maravilloso, es más, me parece de putísima madre, que hayáis decidido ir todos del mismo color, al fin y al cabo es lo que la etiqueta exige. Podríais abriros al menos un botoncito de la chaqueta o del frac para dejar entrever la pechera de la camisa blanca, joder, ¡que ya estamos en primavera, os vais a asfixiar hombre! ¿Cómo, que es excusable? sí, que vale, que os habéis manchado con el canapé de gambas al pil-pil, tened más cuidado la próxima vez de no comer como putos cerdos durante el catering.

Noto quizás la falta de pajaritas en vuestra indumentaria, pero con ese cuello de camisa tipo band collar sería totalmente innecesaria y obviable, así que os lo perdono. Si dejáseis de hacer el tonto en las fotos, sería ya de puta madre, ¿o no os dais cuenta que los selfies estúpidos sólo valen para estrellazas de los Óscar? Menuda panda de pardillos y tontopollas, dios. No sé para qué coño me meto en estos berenjenales.

Chicas, vosotras...vosotras no tenéis solución alguna. La ocasión os brinda la oportunidad de elegir un vestido de entre mil millones de colores (los que vosotras sois capaces de diferenciar en contraposición a los hombres), de mil millones de formas: con vuelos, más anchos, con largos desde el tobillo hasta no por encima de la rodilla; e ¡incluso os dejan elegir si recogeros el pelo o llevarlo largo! Pero no, vosotras no, teníais que ser tan... cómo decirlo, ¿encefalogramaplano? No, se queda corto... tan... tan... Belén Esteban. Sí, eso es, sois tan Belén Esteban que os habéis puesto de acuerdo en ir todas con TRAJE DE PANTALÓN, muy ajustado por cierto, del mismo color que los hombres, tras haber pasado por la peluqería de Raquel Mosquera como mucho, y ¡sin ningún tipo de joya que adorne vuestro puto cuello!

¿Pero en qué coño estábais pensando? Sí, hija sí, en el vuestro, que algunas ni siquiera os lo habéis depilado para la ocasión, y no quiero nombrar a nadie, ¿eh, Rosita? Al menos podrías haberte puesto las bragas del color de tu nombre por debajo del pantalón, so furcia. Cuando vayamos a una fiesta de disfraces con temática de Superman te aviso, guapa, pero hoy no, ¡HOY NO!

Por cierto Anita, que estés ahí a la izquierda agazapada detrás de las demás no te libra, ¿quién te ha diseñado esa mierda de corsé a rayas? ¿el nuevo sastre de Del Nido y Bárcenas? Maldita sea tu estampa, podrías al menos haberte puesto unos taconcitos a juego, por favor, que esas zapatillas se dejan de vender para personas de más de 5 años. Y las gafas de sol... ¡bah, paso ya!

Mira, que os den polculo a todos. Yo os hago la foto y os vais de nuevo a comer como tertulianos de Sálvame a las 6 de la tarde.

Sonreíd al menos, hijos de puta.



Réquiem por una palabra aguda con tónica en la última sílaba y acabada en vocal

Requiescat In Pace, tildes y acentos devorados por Carva.

Sí señores, esa forma tan peculiar de escribir de nuestro querido Jezú no es más que una transcripción exacta y milimétrica de su expresión oral. Podría decirse que tiene un sistema de reconocimiento de voz para escribir las entradas. Pero no, si así fuera existirían tildes y todas las palabras del texto estarían debidamente acentuadas, y como habréis comprobado, únicamente existen unas cuantas.

¿Qué quiere decir esto? ¿Que frenteplateada es un ser hambriento que se come las tildes? No seamos gilipollas, por favor, todos sabemos que es imposible comérselas. A no ser que estén escritas con el mierda fondant ese en una tarta. Pero no es el caso.

El caso es que la Carva, tras su evidente pérdida capilar, sufrió un leve accidente ornitológico, y una de las palomas radioactivas que deambulan por Los Patios de Cádiz, en los cuáles nuestro amigo tiene el placer de vivir (joputa como te envidio), se le cagó en toa' la coronilla. Si hubiera sido una paloma normal, con sus patas y sus alas en perfecto estado (y no esos muñones que se gastan los especímenes gaditanos), y aquí mi amigo de mente fresca tuviera algo más de pelo, pues todo habría quedado en una mera anécdota humorística y una manchita blanca en cabeza y hombros. Sin embargo, estas malditas palomas radioactivas poseen un potente ácido anal que bloquea algunos de los impulsos eléctricos que se producen en nuesro cerebro, provocando ciertos déficits de entendimiento, y como él no sabe cuándo termina de limpiarse la frente y empieza a limpiarse el culo, pues pasó lo que pasó. Entre los déficits nombrados está el de confundir "Kill the Baby" con "Kilo the Baba" (en efecto, Lara se vió afectada por este asqueroso accidente también), y el de no distinguir entre una frase y otra en los siguientes casos:
- "Que lastima" vs. "Qué lástima".
- "Paso de ti" vs. "Pasó de ti".
- "Anoche sólo tuve sexo" vs. "Anoche solo tuve sexo".

Aunque para él (y para mí, no nos engañemos) la última frase sólo puede tomar un significado onanista, es evidente que en las otras sí que hay una clara diferencia semántica. Si no la encuentras, puede que hayas sido víctima de estas ratas del aire, o que seas de los míos: algo cortito, de estatura o mente, da igual. En ambos casos, tonto de cagada o de nacimiento, hola.

Yo no sé vosotros, pero yo elegiría a Jezú sin duda alguna para la redacción de un vocabulario y gramática andaluces, en el cuál los paréntesis y puntos suspensivos serán su principal recurso lingüístico, y que marcará un antes y un después a la hora de cualquier creación literaria, dando lugar a una nueva época en la que no importa lo que escribas, sino lo que el lector sea capaz de entender (tras un par de lecturas por cada frase escasa de acentos).

Pero qué queréis que os diga. A mí me encanta. Me encantan en el sentido de llorar cada vez que leo sus entradas (unas veces son de risa, otras son sangre por su orto-grafía). Además, las estadísticas del blog lo avalan(chan). Así que no cambies Jezú, te seguiremos llamando para nuestras tajás grupales.

¿Otra vé tú, pesao?

Sí, otra vé yo, Comich, escribo aquí para daros la tabarra. Esta vez sin gases ni flatulencias (aprovecho para recordaros que HOY termina el plazo de votación).

Hoy vengo a contaros, puesto que he recibido una cantidad inmensa de e-mails amenazantes preguntándomelo, el significado de las Cobachadas Mentales. Fijaos si he recibido tantos mails, que Gmail me ha creado una pestañita única para archivarlos todos ahí. Tantos, pero que taaaantos mensajes de mis amados lectores, que ahora Google quiere empezar a cobrar por ello, y si no reevías esta cadena no se pondrá tu muñequito en azul y te cobrarán en el próximo mes. Es tal la cantidad de e-mails que he recibido... que ni yo me lo creo.

Bueno, quizás esté exagerando un poco. En realidad el número de e-mails recibido asciende a... cero... Bueno, cero es una cantidad, ¿no? ¿Que no? Pues me da igual, ¡¡os lo explicaré de todas formas!!

Las Cobachadas Mentales son... pues... emmm... algo... in.. explicable. Sí, eso es...algo inexplicable. Así que como es algo inexplicable, y que aún así os quiero explicar, os pondré un ejemplo (como si las gilipolleces que he escrito hasta ahora no fueran suficiente ejemplo).

Esta mañana, echándole un vistazo a facebook la cuenta de correo del trabajo, me encontré con un interesante artículo: éste.

Tras echarle un vistazo, interactué con M&M, la multinacional de caramelos no, sino Migue y Mimi, que fueron los que me dieron a conocer la noticia, y la conversación sigue tal que así:

Comich: No jodas... ¿enserio?
Mimi: Cuajá me he quedao... Ya na' más faltaba que se volviera a instaurar el derecho de pernada!
Migue: ahhhhhhhhhhhh noooooooo xD
Comich: (leer con acento italiano)
- Giancarlo, io vengo de tirarme a la tua espossa.
- ¿Per qué?
- Per nada, per nada...


Y voilá, ahí teneis una Cobachada Mental.
Weeee, oohhhh, guapoooo tíogüenooo -aplausos, vítores, ¡piedras no cabrones! ¡que duele!-.

 Pues eso, espero que haya quedado claro, ahora me piro. Engataluegoadió*.


*Perdonen las disculpas.

Pffissft.

¿Os habéis parado a pensar alguna vez en la belleza de un peo flauta? Sí, una ventosidad de esas de escapársele a uno en lugares públicos tales como salas de espera del ambulatorio, oficinas del INEM, y/o en puestos de trabajo.
No me hagan mohínes ni me pongan caras extrañas, un peo de esos que suenan con un pitido chirriante, es glamouroso. Y vosotros lo habéis dejado caer alguna vez también, picarones.

Porque sí señores, no es la típica flatulencia sonora y estrenduosa, de las que nos recuerdan a las grandes tormentas de verano, de mucha descarga atronadora y poca agua. Tampoco esos cabrones sigilosos que hacen acto de presencia únicamente en tus fosas nasales. Es un peo simplón, sencillito y breve, que con un poco de suerte puede pasar desapercibido, ya que al chocar con las paredes interiores del orto, ortogonalmente, esto es, con 90º con respecto a la horizontal anal, los flatulentos gases gástricos convierten su pestilente energía en una vibración concéntrica, con punto central en el mismo ojete, que hace silbar a los pequeños pelillos, rizados o no, de las nalgas, hasta desaparecer en el choque de la tela interior de nuestra ropa íntima. De esta forma la transformación de energía eólica es evidente en la pequeña disipación de calor debida al rozamiento de estas ondas.

Sepan ustedes que esto que les digo no es ninguna tontería: el arte de los cuescos es de una complejidad espectacular, no apta para principiantes y personas de alta sensibilidad olfativa en general. Se precisan de muchos años de práctica y dedicación para conseguir uno controlar sus esfínteres en equilibrio con la naturaleza. Quede claro que hasta para pegarse un peo deber ser uno glamouroso.

Si no que se lo digan a Richard Gere, que un día se fue de putas, y ahora echan la película, mínimo, una vez al año.

Fuente lusehntina de la Plahsa Nueva

Desde los primeros albores de todos los tiempos, existía una fuente de vida y salud, situada en el centro concéntrico de todos los centros: la Plaza Nueva. Y qué queréis que os diga, nunca entendí que se llamara así. De hecho, he visto como se hacían plazas más nuevas, y esa seguía ahí desde que nací. Incluso, creo eh, no estoy del todo seguro, la Plaza Nueva ya era antigua cuando mi madre, disfrazada de bolsa de basura por carnaval, empezó a romper aguas al pasar por ella. Y así nací yo: un cabezón con mucho pelo (no como Jezú), dado a luz desde una gran bolsa de basura negra, de esas que vendían en el Pryca, y envuelto en un ennegrecido líquido amniótico (decidí que cagarme en mi madre era una buena idea).

Como decía, existía una fuente ahí. Lo de vida vale, la fuente emanaba agua, o algo que se le parecía, y el agua es imprescindible para la vida. Lo de salud lo dejo estar... algunos perros bebían de ahí. Yo nunca los vi, pero me fío de mi abuela, que me decía que no acercara la boca mucho. Supongo que eso mantendría a raya a las bacterias perrunas.
Esa fuente, con gérmenes caninos, y algunos más rellenitos, pero ninguno gordo (les gusta ponerse en forma entre herida y herida), era el lugar de encuentro y pago de botellones en los tiempos en los que con 3 € por cabeza, en un grupo de 10 amigos (por lo meno), te pillabas una botella de cada tipo: ron Negrita (el más barato de la licorería de la calle Ballesteros), wishkey JB (mi primer licor regurgitado, no vomitado, causante de que no pueda ni oler el wishkey ahora), malibú para las niñas que les gustaba con zumito de piña, y licor 56 (era más barato que el licor 43) que mezclado con lima nos dejaba la boca hecha un panal de abejas, cosa más empalagosa dios.

Con el tiempo, hicieron unas obras raras en la Plaza Nueva, para que dejase de ser la Plaza Nueva, y pasase a ser la Nueva Plaza Nueva. Con esos cambios en la Nueva Plaza Nueva, llegó una fuente más fea que su puta madre, diseñada seguramente por Calatrava (el gemelo feo español de Mick Jagger no, el arquitecto demierda), de la que nadie tenía huevos de saber por dónde se bebía. Una vez se descubrió por dónde salía el agua,  a ver quién tenía los cojones de no mojarse los pantalones al beber. Como he dicho, no tenía más remedio que ser diseño de Calatrava, menos diseño anti-bebedero de perros y más utilidad pa' bebé ome ya, po' favó... fuente ar chavá, cabrón.

Claramente esa fuente duró más bien poquito. Ahora no tengo ni puta idea de si hay fuente o no. Porque sí, volvieron a hacer obras, ahora es la Nueva Nueva Plaza Nueva. Lo que en términos matemáticos, como el orden de los factores no altera el producto,  se conoce como Plaza Nueva al Cubo (de basura, claramente). Pero me importa poco que se deshicieran de nuestra querida fuente luhsentinah, en su lugar colocaron unos ralladores de quesos que me sirvieron para un buen par de chistes.
Bueno, uno nada más para ser exactos. Pero cada vez que puedo lo repito, y es gracioso.

Bueno, es gracioso que lo repita. El chiste en sí no tiene ni puta gracia.

Os dejaría una foto del rayador de quesos para que os deleitéis con su evocadora imagen. Pero todas las que tengo salgo yo haciendo el carajote. Y bastante carajote he hecho ya escribiendo semejante textaco a una puta fuente.